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CÓMO BAILAR BAJO LA LLUVIA(L3mOs) * ver *   <> IMAGINARIUM (ALEXANDER VÓRTICE Jesús Rodríguez) * ver * <> NOCHE INFERNAL (SKORPIONA Inés de la Puente Spiers) * ver * <> AURORA Y RENÉ (Rauquel Luisa Teppich) * ver * <> ACÁ ESTÁ MATÍAS (Emiliano Almerares) * ver * <> VUDU-DIOS (Yossi May) * ver * <> ALGO SOBRE EL GÉNESIS (Amelí Artigas) * ver * <> COMO MARIPOSA (Carlos Alberto  Fernández -Cayah-) <> EL FINAL ADECUADO (Liliana Varela) <> LA CASA DE LA INFANCIA (Luis Alberto Ballester) <> UN PAR DE ZAPATOS (José Ángel Gregorio) <> EN LA VIEJA CASA (Jorge Reboredo) <> VIDA DE PERRO (Silvia Longohni)

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Eran las 8:30 cuando un paciente, de unos 80 años, llegó al hospital para que le sacaran los puntos de su dedo pulgar.

El señor me dijo que estaba apurado y que tenía una cita a las 9:00.

Verifiqué su visita, comprobé sus datos en el ordenador y le pedí que tomara asiento, asegurándole que le atenderían de inmediato, aun sabiendo que quizás pasaría más de una hora antes de que alguien pudiera recibirlo.

Lo vi mirando su reloj con tanta insistencia, que ya que no estaba ocupado con ningún otro paciente, decidí que podría examinar su herida yo mismo.

Durante la exploración, comprobé que la herida estaba perfectamente cicatrizada y pedí, a uno de los doctores, el instrumental necesario para extraerle la sutura y proteger la zona afectada.

Mientras le realizaba la cura, le pregunté si tenía alguna cita con otro médico esa misma mañana, ya que lo veía tan apurado.

El señor me dijo que no, que lo único que tenía que hacer era ir al geriátrico para desayunar con su esposa.

Entonces le pregunté sobre la salud de su mujer, y me dijo que ya hacía mucho tiempo que estaba ingresada en una residencia, aquejada del mal de Alzheimer.

Luego le pregunté si ella se enfadaba cuando llegaba un poco tarde, y me respondió que la enfermedad le impedía saber quien era él, y que hacía mas de cinco años que no le reconocía.

Su explicación fue en un tono tan natural, que sorprendido le dije: - ¿Y sigue yendo cada mañana, aun cuando ella no sabe ni quien es usted?

El sonrió y me acarició suavemente la mano mientras me decía: - Ella no sabe quien soy yo, pero yo aún sé quien es ella.

Juro que se me erizó la piel, y que tuve que contener las lágrimas mientras le veía alejarse. Pero entonces pensé que, ese era el tipo de amor que quería en mi vida, “El Amor Verdadero”.

Porque “El Amor Verdadero” no es físico, ni es romántico. “El Amor Verdadero” es la aceptación de todo lo que ha sido, es, será y no será.

En ese instante comprendí, que la gente más feliz no es aquella que tiene lo mejor de todo; si no aquella que lo hace todo lo mejor posible.

Y que en la vida, lo importante no es saber cómo sobrevivir a una tempestad, sino saber, en cada instante, cómo bailar bajo la lluvia.

L3mOs 

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Enseguida llega el insomnio como si fuese un vampiro ávido de glóbulos rojos: “La Esteban” muestra su rostro nuevo del trinque, alicatado por portadas de revistas y un tremendo show televisivo en el que las cuarentonas lloran entre aplausos al escuchar un “¿me entiendes?” que sin duda representa a esta España de horchata, recogedor, Gran Hermano y Callejeros Viajeros que anhelan tropezar con lo peor de cada persona. Enseguida un no sé qué se apodera de mí, y sé que jamás podré poner un álbum de fotos en Facebook cuyo título sea “Aquellos maravillosos años”; rara avis, incógnito entre mis conocidos, ese soy yo aún a día de hoy por motivos de lobreguez y postración. Me viene a la memoria cuando de noche me iba con 16 ó 17 años a la Estación de Trenes y lánguidamente me sentaba para ver el ir y venir de locomotoras y pasajeros: Encendía un pitillo que había conseguido por 20 pesetas e imaginaba que más pronto que tarde me subiría a alguno de aquellos magníficos aparatos que me llevarían lejos de la ciudad donde yo vivía. Madrid era una opción, un poco más allá, mejor todavía. Pero, en ocasiones, los años pasan tan rápidos como una patada de viento, y en un abrir y cerrar de ojos me encontré con más de una década a mi espalda, tiznado de todo y de nada, sentado frente a un viejo hombre que fumaba serenamente una pipa madura, insaciable por fuera y dolorida por dentro. Recuerdo que este hombre casi siempre me miraba con calma, con aire de apego milenario; sé que mis ojos le impresionaron un poco, porque los ojos son el espejo del alma, y creo que fue por eso que me preguntó: “¿Qué te pasa?”; feroz pregunta y maldita respuesta: “Me pasa que toda la gente que me rodea no cree en mí”. Así fue que se concentró todavía más en su imaginarium, le dio una calada penetrante a su pipa y a sus reflejos de perro viejo, y en seguida aseveró: “Entonces ha llegado la hora de que cambies de amigos, de ambientes, ha llegado el momento de ser lo que quieres ser, sin miedo a serlo”. Yo le prometí que lo haría, sabiendo que no sería tarea fácil; mas realicé día tras día el cometido, aún hoy prolongo mi promesa y sigo siendo fiel al impulso de crecimiento, al “conócete a ti mismo”. No obstante, lo malo de esto, lo malo de hacer catarsis interior y exterior, es que hay cosas con las que te encuentras que lastiman más que un día sin tabaco y sonrisas espontáneas. Madrid está lejos, los amigos y conocidos han seguido rectas que nada tienen que ver con mi elipse, jamás podré decir que el pasado fue mucho mejor, sobre todo y ante todo, porque aquel hombre y su pipa rumiante tenían razón: “La vida no es una autopista, sino una congostra gallega repleta de odio, amor, estratagema, estupidez, desencantos, abrazos, locomotoras y evocaciones que lastiman por mucho que tú no lo quieras”.

 

ALEXANDER VÓRTICE Jesús Rodrígez

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"Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huella. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró a tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve." 

    No era la primera vez que el muy cobarde me golpeaba sin motivo alguno y cuando lo hacía, le aborrecía con todas las fuerzas de mi ser. Pensar que otrora fui la principal gestora de su éxito y que le valió el reconocimiento internacional, al ser considerado uno de los mejores tenores del momento. Cuánta indignación sentía por haber dedicado tantos años de mi vida a endiosar a un falso ídolo de barro. Demasiado tarde comprendí que eran ciertos los sabios consejos de mi difunta madre: "Un hombre que arremete contra una mujer tiene mala entraña".
    Sentí vergüenza de atenderme en el mismo nosocomio, toda vez que de un tiempo a esta parte, me había convertido en una asidua paciente al Servicio de Emergencia. En razón de ello preferí acudir a otro hospital, teniendo en cuenta de que nuestra última discusión se desarrolló bajo circunstancias escabrosas y presentía que el desenlace final podría tener un giro inesperado.
    Me anestesiaron la nariz para poner el tabique en su sitio: la fractura había sido de consideración. Esta vez culpé del accidente a mi fiel perro labrador, a sabiendas de que el verdadero culpable era mi controvertida pareja. Abandoné el centro hospitalario con la nariz enyesada y un dolor cada vez más intenso, al pasar paulatinamente el efecto de la anestesia.
    En cuanto llegué a mi casa traté en lo posible de mantener la calma. Disfruté de un baño de tina con agua tibia y sales relajantes. Me incorporé, sequé mi cuerpo con una toalla y cubrí mi desnudez con una bata de felpa. Encendí la chimenea, arrojé al fuego mi ropa ensangrentada y observé como quedó reducida a cenizas: quería desaparecer toda evidencia de aquel desagradable incidente.
    Me serví una copa con coñac, me recosté cómodamente sobre el sofá y centré mi mirada en el teléfono. La incertidumbre me estaba matando, por no saber a ciencia cierta cómo se encontraba el hombre que antaño hizo latir mi corazón enamorado. Sin embargo, no dejaba de asombrarme la parsimonia que adopté en semejante circunstancia.
    Sabía que el golpe propinado en la cabeza fue muy fuerte, porque de inmediato brotó la sangre a borbotones y salpicó mi vestimenta. Quizás al percatarse de la magnitud de la herida, recurrió a su incondicional mujerzuela que acudió en su auxilio con extrema prontitud, sólo así se explicaría el porqué de su presencia justamente en aquel crucial momento.
    El tictac del reloj martillaba en mi cabeza, mientras yo devoraba mis uñas con los dientes. Coloqué más leña en la chimenea y bebí otro coñac. El alcohol apaciguó mis nervios que por momentos me traicionaban. Fue inevitable no rememorar los gratos momentos que vivimos la noche anterior al penoso altercado.
    Hasta ahora me parece escuchar los interminables aplausos al finalizar el apoteósico concierto, que hicieron retumbar las antiguas paredes del Teatro Monumental. Tras el brindis de rigor siguió un opíparo banquete, que congregó a una distinguida concurrencia de reconocidos personajes del ambiente político, cultural y empresarial: todo un exitoso acontecimiento que juntos compartimos en aquella inolvidable noche.
    Concluyó la reunión y nos dirigimos a su casa. Al llegar continuó bebiendo en exceso y con el mayor desparpajo mostró la cara oculta de su propia luna: aspiró aquel maldito polvo blanco que según siempre refería, lo transportaba a un indescriptible éxtasis emocional. Acosada contra mi voluntad, accedía sumisa a sus requerimientos sexuales y gozaba a su manera en los parajes del placer. A veces resulta tan difícil de entender lo que soportamos las mujeres por amor, sin embargo, como todo en la vida tiene un principio y un final, nuestra tormentosa relación también llegaba a su fin...
    El teléfono timbró a las siete de la mañana, sobresaltada atendí de inmediato. La llamada provenía de la delegación policial y me informaron que el famoso tenor Domenico Gastello fue hallado muerto en su domicilio en compañía de una desconocida mujer, e indicaron que me apersone al lugar con urgencia por ser su mánager. Al llegar quedé estupefacta con el macabro cuadro que tenía ante mis ojos: dos cadáveres tendidos en el suelo sobre un charco de sangre.
Al día siguiente del hecho sangriento que conmocionó a la población, la prensa dedicó su primera plana a publicar titulares formulando mil conjeturas. Según el parte preliminar de la policía, basado en el hallazgo de evidencias in situ, todo hacía presumir que entre la fallecida pareja ocurrió un fuerte altercado que llegó a incidentes mayores. El hombre murió desangrado a raíz de un fuerte golpe en la cabeza propinado por la mujer, que luego se suicidó cortándose las venas. Se tiene casi la certeza de que el fatal desenlace fue originado por el resultado de un laboratorio clínico que se encontró en la escena del crimen, documento cuyo diagnóstico determinaba que la difunta era portadora del VIH.
 

© SKORPIONA Inés de la Puente Spiers

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El Psiquiátrico de Letelier situado en la zona sur de Buenos Aires. Un sitio que albergaba ciento cincuenta pacientes de diferentes patologías mentales.

Jardines amplios, canteros floridos al cuidado de Juancho el jardinero , una fuente Victoriana llamaba la atención de los visitantes, bancos de madera cada cincuenta metros. El canto de los pájaros, rompiendo duros silencios.

Médicos y enfermeros de riguroso verde, siempre con una sonrisa, en ese mundo especial.

Aurora, era una mujer de casi cincuenta años, cabellos negros, tez blanca y ojos verdes, llevaba la mitad de su existencia allí, cursó estudios contables , trabajó de empleada de comerció, allí la conocí. Era huérfana y oriunda del Chaco. Su carácter huraño, su enfermedad no pudo cambiarlo. Mensualmente la visitaba desde su traslado, nos teníamos un cariño muy especial. Aurora solo tenía una amigo en el nosocomio, llamado René, este de aproximadamente 60 años, 1.90 de altura, cabellos gris plata, muy delgado, su mirada perdida, sin saber de tiempos.

Aurora y René , siempre unidos por la comunión profunda de sus almas, silencios, risas infantiles ,
frágiles como el cristal, en este mundo sin oportunidades para ambos. Cada tarde domingo, aguardaban ansiosos mi visita, los buñuelos de manzana , membrillo y los jugos de ananá.

Hasta aquel día fatídico del escape de gas, visité a mi amiga y a su compañero.
La muerte unió su almas una vez más...Sepultados uno junto al otro, flores blancas y rosadas deposito cada primer domingo de mes.

 

© RAQUEL LUISA TEPPICH

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   De chico, de muy chico, cuando recién empezaba a articular sus primeras palabras, el juego que más le gustaba era el de esconderse debajo de la cama, para luego, fingiéndose invisible, gritar: “¿Onde ta Matías?”. A los pocos minutos, salía abruptamente de su escondite gritando: “Acá tá”. Así podía jugar horas enteras, pero sus padres no aguantaban tanto.
    A medida que fue creciendo, dejó de divertirle este juego, pero sus padres parecían no darse cuenta. Discutían y se gritaban permanentemente delante de él, como si no estuviera, como si no le afectara o sin importarles lo mucho que le afectaba. Y él, sentado a la mesa, porque la mayoría de las veces estas peleas se producían a la hora del almuerzo o la cena, permanecía callado, porque la única vez que había intentado interferir, decir que el no era invisible, había recibido una bofetada. Por eso sufría en silencio, por eso se fue acostumbrando a la idea de ser invisible, por eso se acostaba pidiéndole a Dios que al levantarse a la mañana todo hubiera mejorado, que sus padres ya no se pelearan de una vez por todas. Llegó a desear que se divorciaran. Porque por separado, los quería más que a nada en el mundo. Pero cuando estaban juntos, los odiaba con toda su alma.
    En la escuela, no cambiaba mucho su situación. A nadie le importaba que él estuviera presente o no. A nadie le importaba que el mantuviera todo el día una expresión triste. En una ocasión, permaneció en el patio toda la mañana sin que a ninguno de sus maestros se le ocurriera ir a buscarlo. No eran pocas las veces que a la salida, parado en la esquina, veía como sus compañeros se iban yendo uno a uno con sus padres, mientras él seguía esperando media o una hora más hasta que su padre o madre, finalmente aparecía como si nada, sin darle explicación alguna por su tardanza.
    Por eso, consciente de su invisibilidad, se sorprendió y no supo que decir, cuando una de las chicas más lindas del quinto grado, le dijo si quería ser su novio. Al principio, pensó que ella estaba cumpliendo alguna prenda, no podía estar pasándole eso a él. Pero resulto que no. Era verdad. Durante un tiempo fueron “novios” y él fue muy feliz. Ya no le importaba que sus padres se pelearan. Se encerraba en su pieza y pensaba en ella hasta quedarse dormido. Pero un día, al poco tiempo, sin saber nunca porque, tal vez se perctó de que era invisible, ella le dijo que ya no eran más novios. A pesar de sus precoses diez años, siempre recordó ese día como su primer desencuentro amoroso.
    En la secundaria, su invisibilidad se fue haciendo cada vez más notoria. Lo invitaban a fiestas porque no molestaba. Permanecía, como siempre en silencio, contentándose con escuchar lo que decían los otros, pero en el fondo sintiéndose extremadamente solo, sintiendo que todo lo que ocurría a su alrededor era como una película que pasaban por televisión en la que el no podía intervenir y sabiendo que en unas horas más se encontraría como todas las noches, solo en la oscuridad de su habitación sin tener en que ni en quien pensar, sólo deseando dormirse de una vez por todas. En una de esas, tenía suerte y soñaba algo lindo.
    De los 18 a los 20, vagó por las calles sin rumbo. Tratando de encontrar el antídoto para su invisibilidad. Nunca pudo dar con él, pero sí conoció a muchas prostitutas que por unos pocos pesos, lo hacían olvidar de su inexistencia. También descubrió la marihuana, que al menos por unas horas, lo hacía sentirse como los héroes de las películas y le permitía soñar con que era feliz.
    Un día, un tío le consiguió trabajo en una multinacional y se prometió si mismo abandonar la vida que venía llevando. En su horizonte, le pareció ver una pequeña luz. Y estaba decidido a ir por ella. Por un momento, creyó que su vida iba a cambiar, que llegaría a convertirse en un gran empresario, en una persona respetable y poderosa, a la que nadie iba a poder negarle nada. Poco tardó en darse cuenta, que durante las horas que pasaba en la empresa, dejaba de ser invisible, para convertirse en un número. Un número sin alma, ni corazón, que sólo debía cumplir un horario y ser eficiente. De todas maneras, se sentía mejor siendo un número, que siendo invisible. Cuando cruzaba la puerta de la empresa y volvía la calle, se reencontraba con esa infinita soledad que le había robado la alegría y las ganas de vivir, que le oprimía el pecho, que lo hacía llorar como un chico, cuando por las noches se acostaba en la negra penumbra del mono ambiente que alquilaba en San Telmo.
    A esta altura, aunque no dejaba de soñar, porque sabía que el día que dejara de hacerlo moriría, se fue acostumbrando a que la vida le pasara por al lado. Se conformaba, o intentaba conformarse, con tener un trabajo estable, techo y comida. “No me puedo quejar” se engañaba.
    Y así se le fue yendo la vida. Con días que se repetían una y otra vez. Resignado a ser invisible por el resto de sus días.     Ya ni siquiera podía imaginar un futuro diferente. Poco a poco se fue convenciendo de que su destino era la soledad. Y se aferró tento a esa idea, que esa interminable soledad que lo invadía se convirtió en su única y fiel compañera. Ya no creía en esas pavadas de que todo termina, porque sabía que el estado en que él se encontraba podía durar para siempre. Nunca se casó. Nunca tuvo hijos. Casi no tuvo amigos. Sólo algunos ocasionales que poco tardaban en olvidarse de su existencia.
    A los 65, se jubiló y perdió todo contacto con el mundo exterior. Nadie lo visitaba, nadie lo llamaba. Sólo una señora iba una vez por semana a limpiarle el departamento y comprarle víveres. También se ocupaba de cobrarle la jubilación. Dejó de afeitarse y rompió todos los espejos. Ya no quería seguir engañándose con una imagen que en realidad no existía. Pasaba días enteros tirado en la cama, mirando el techo con la mirada perdida sin pensar en nada.
    Un día, la señora que lo ayudaba, lo encontró desnudo y muerto debajo de la cama. En la mesa de luz, había una tableta vacía de Trapax y en la pared, escrita con letra grande y temblorosa, una leyenda que decía: “Acá está Matías”.

EMILIANO ALMERARES

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    Queridos Amigos
   
Porque siempre tengo que poner algo tan anónimo como "queridos amigos"? algún lector suspicaz que preste atención a mis acentos, comas, y otras delicadezas del idioma español. como escribir feliz ano nuevo en lugar de feliz año nuevo, puede pensar que este es otro que viene a comer a la olla popular diciendo que lo hace por identificacion y no por ser un muerto de hambre. Entonces no daré muchas vueltas y comienzo nuevamente: 
    Queridos Gomi, Bolu,Tipoa, Ponja, Edelmira, tú que no recuerdo el nombre pero sé que odias la legumbre o el aroma, Tipobe y claro también Juanca y también Benito en su viaje al cielo.

   
Ustedes creen en Vudu?, o Dios?, yo no, pero el jueves viajando solo al casamiento de la hija de mis amigos (o supuestamente amigos) me cruzaron 3 camiones de los bomberos y me dije: no vaya ser que se incendio el salón!!!. No se incendio el salón del casamiento, solo el gran cartel de neón, cosa que nos obligo a entrar por la entrada de servicio, de todas maneras el incendio del cartel es una clara señal de que existen esas fuerzas que se manifiestan en pinchazos en un muñeco, que seguramente no son, en su origen, mas que los clavos de Jesús.(supongo)

    La pregunta que debe ser el objetivo de la investigación, que dejare en manos de los expertos, es quien mando ese maleficio o acontecimiento que sera siempre recordado, ya que nadie se recordara del día del matri (el día de la primavera o otoño depende quien se recuerde) sino el día del incendio del cartel. Así son las cosas de la vida. De los 200-300-400 invitados solo puedo pensar en los siguientes sospechosos:

    * Castro: el porque desde el año 1962, cuando solo, en la pensión, temí que con los misiles se termina el mundo. También porque el novio es cubano y reside en Israel.
    * El Papa del novio: porque es cubano no lo dejaron viajar al casamiento del hijo. (la mama no es sospechosa, ella es uruguaya , exiliada de los años 70 y llevo al hijo a pararse bajo la "jupa", e.d.= pudo viajar).
    * ME que se quedo solita en casa esperándome
    * Mi ex deseando que pase cualquier cosa con tal de no verme la cara
    * Yo, deseando que pase cualquier cosa con tal de no ver la cara de mi ex
    * El inspector( I, en adelante) en su primer encuentro conmigo, todo lleno de sonrisas y amplias manifestaciones de que yo soy amigo, que no soy sospechoso y que solo cumple su deber pregunta: Conoces a la novia? Yo, (Y en adelante) respondo: Si claro conozco a la niña sus 32 años mas los meses del embarazo de la madre. (obvie decir que los padres me dijeron entonces: estamos embarazados).

    I: porque viniste solo a una fiesta de esta categoría y envergadura?
    Y:pues, porque en la invitacion decia Sr Yossi May, sin ningún agregado
    I: Podrías llegar acompañado?
    Y: por supuesto, también recibí un e-mail (usted sabe lo que es?) que me decían cuantos lugares reservarte?
    I: porque no aprovecho esa porquería que le mandaron para venir bien acompañado?
    Y: Sr inspector, soy una persona sensible (Ud sabe lo que es sensible?). Para mi esa porquería era decirme: No vengas al casamiento. Porque amigos de casi 40 años que son los padres de la novia, sabiendo mi situación antes de mandar una invitacion, tenían que haberme llamado por teléfono, arreglar conmigo la cuestión y mandar una invitacion , de acuerdo a lo acordado.
    I: y porque vino?
    Y: la niña no tiene la culpa y arrimarme al acto del casamiento, era manifestarle mi aprecio y cariño
    I: por el momento me alcanza, como le dije vd no es sospechoso, desea agregar alguna cosita en su declaración, antes de firmar?
    Y: espero no hacerme un gol en contra, pero fijese Sr Inspector como se dan las cosas de la vida. Hace un mes mi amigo E me llama por teléfono y me invita al matrimonio de su hermano menor (el menor de 9, cuando solo estuve hace 20 años en el matri de el mismo) y por supuesto me dice veni con tu compañera. El matrimonio ese, fue el 3. Un par de días después me llama mi amiga K, una relación de 40 años, me dice: si te invito al casamiento de mi hijo, venís? por supuesto le digo, pero no solo, Al otro día recibimos la invitacion. Solo los que son como hermanos son los que más frustran y lo mismo los hijos Sr Inspector: ayer estuve en el cumpleaños de mi nieto, solo. Me sentía como esos dibujos de Picasso señor inspector que no siempre se sabe donde esta la cara, el ojo y jamas se ve el corazon!!!
    I: no joda, eso no me ayuda en nada, firme aqui donde le puse la X

24.09.06

YOSSI MAY

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    “Y había un principio, y había un hombre. Un hombre sin nombre que se parecía a un dios. 
   
Entonces, en un principio primario, antes del principio, había un dios. 
   
Y había un principio, y había un dios. Un dios mudo, sin voz, porque a nadie tenía que hablarle.
    Entonces, si decimos nadie, era porque alguien había habido. Así, había alguien antes que aquél dios, en un principio primero, antes del principio primario.
   
Y había un principio, y había alguien más. Alguien más que juntó necesidades, y creó un dios. 
   
Entonces, el dios de las necesidades creo al hombre, entonces el hombre de necesidades creó un dios. Y creó un principio, que fue éste dios. Y lo creó a su imagen y semejanza, otorgándole sabiduría y eternidad. 
   
Y había un principio, que ya no era el comienzo, y había alguien, que podía ser un dios, y era hombre. 
   
Entonces el hombre negó su eternidad, acabando con su sabiduría, para tomar distancias de su dios, para que sea más poderoso, fuerte y omnipotente, para que en él esté la Salvación. Y así, se exilió a un oscuro y sombrío mundo de guerras, destrucción y muerte, para darle oportunidad al dios de ofrecer un Edén, para ser Pecado, y un Paraíso, para ser Anhelo: una utopía incierta, a la que el hombre aspirará por los siglos de los siglos, reconstruyéndose en las carnes avenientes, reencarnando en cada hijo, cargando cada cruz, doliendo cada clavo. Y amén.”
  
  Luego de leer estas palabras, eligió una mano anónima, perdida entre los miles de años de historias, y comenzó a escribir: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra...”.


AMELÍ ARTIGAS

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    -Ahí viene Felipe. Para ser tarado, éste tiene algunas vivezas. 
En el salón comedor del geriátrico, los pensionistas –pocos- esperan que Felipe limpie las mesas, barra el piso, para prepararse para la cena. 

    Felipe viene corriendo, agitado. Disimula, comienza a limpiar sin atender a las cargadas de los viejos, que le atribuyen un romance oculto con alguna interna del asilo contiguo. 

    Felipe llegó –lo dejaron ahí- hace unos siete años. La mucama lo descubrió, en la madrugada, acurrucado en un sillón del vestíbulo. Una bolsita con ropa y un cartel, pegado al buzo, que decía "Felipe – retardado mental". Eso era todo, ni una carta, y del chico no sacaron ni una palabra. Aún ahora –ya por los quince-, sus frases no eran muchas más que las que le extrajeron a los meses: "Lipe" (por Felipe), "Esoqués", ¡quieromás", "dame". 

    Y "contame", su preferida, la que usaba siempre y con todos. Tuvo suerte, al caer en el geriátrico. En ese pueblo perdido a quién le importaba un desconocido más, vivo y sano, si ni siquiera preguntaban por los muertos que caían como hojas en otoño.

    Los viejos, y hasta las mujeres del asilo, encontraron en él un oyente atento, incansable e insaciable. Absorbía historias como una esponja, y las recordaba. A Maribel, que le estaba relatando episodios de una fábula, le recordó, trabajosamente, que la princesa había quedado encerrada en la torre, en el castillo de Niregord. 

    Hubo un problema con el cartel. En el cumple de 15 le regalaron un delantal con un cartel, primorosamente bordado, que decía "FELIPE", y en letra más chica "discapacitado"; no hubo caso, hubo que rehacerlo con "Felipe – retrasado mental", todo con la misma letra. Como única explicación dijo, por primera y única vez: mamá. 

    Aprendió una nueva frase, que la repetía a los visitantes, señalando el cartel: soy yo.

    Lo rodeaba un cariño compasivo. "Pobre, es como si hubiera nacido aquí, y va a morir aquí". 

   
Se extasiaba con las mariposas. Se olvidaba de todo, saltando e imitando el aleteo de las que visitaban el jardín. Costaba retornarlo a su labor de limpieza. 

    -Vos deberías conocer Buenos Aires —le decía siempre don Olegario, otrora viajero del mundo, que ahora gastaba las tardes soñando por la ventana—. Allí no hay tierra que barrer. Es todo pavimento, con agujeritos por donde salen las plantas. Las hojas no caen, los árboles las depositan educadamente en los canastos. 

    -¡Y las mariposas! Vuelan libres, juegan... —al oírlo, Felipe reía en arco iris—. Vos tendrías que ir, alguna vez. Qué limpiar, volar, volar como las mariposas.

    Don Olegario se había ganado un público cautivo. Pero se vio obligado a alimentar el sueño que había despertado en Felipe. 

    -Antes, todos los días, pasaba un tren que se detenía en el parador y, después, como una flecha, a Buenos Aires. Claro, el pueblo tenía más vida. Ahora –dicen- una vez por semana para levantar cosas de la estancia. 

   
La vida de Felipe cambió, desde entonces. Aparecieron las ausencias por motivos "secretos", las cargadas. Luego de la merienda salía corriendo hasta la loma cercana al parador, y miraba pasar "el rápido". Sólo una vez paró. El viernes, unos segundos. El corazón de Felipe se desbocó. ¡Buenos Aires! Volar, viajar. Como una mariposa. Tal vez, ver a mamá 

   
Estaba decidido. El viernes se iba a Bueno Aires. Agotando hasta la extenuación su capacidad estratégica, consiguió de una pupila –que creía favorecer un romance- una nota diciendo ·espéreme". El jueves lo pegó en la puerta del despacho del parador. 

   
Tenía derecho. El no era menos que otros. No mucho menos. Su vida podía ser algo más que nacer, limpiar y morir en el mismo patio. Iba a volar. 

   
El viernes, ya una hora antes, Felipe estaba sentado en la loma, esperando. El tren iba a aminorar, al salir de la curva, para ingresar lentamente al parador. En tres saltos Felipe iba a juntarse con su destino.

   
Pero el tren no aminoró.

   
¡No puede ser!¡No leyeron la nota! Felipe se lanzó a la carrera, tirando el bolso, gesticulando nerviosamente para recordarle al conductor el encuentro. 

    El conductor lo vió. Felipe diò un último paso y saltó al encuentro de sus sueños.

    -¡Se me apareció! Los ojos grandes, los brazos como alas, sonriéndome feiiz —decía el conductor, ahora parado en el andén, delante de empleados y pasajeros—Y deepués, ¡plaffff!, se estrelló contra el vidrio, se aplastó, inmóvil, como mariposa en pleno vuelo. ¡jJusto,igual que mariposa. Luego, lentamente, se deslizó hacia abajo, resbalando, dejando la huella pegajosa de esos bichos. 

    -Y desapareció.
-Qué vida corta, ¿no?



CARLOS ADALBERTO FERNÁNDEZ

 18-08-06 

Ediciones Gratuitas Paginantes / Ediciones Battaglia

Si tenés prosa para publicar ¡animate! mandala a CONTACTOS PROSA para su posible publicadión en OBRAS TUYAS del RINCÓN LITERARIO EL FINAL ADECUADO

    Estaba enterrado en vida. Encima de él y a sólo unos 10 ó 12 centímetros se hallaba el techo del piso superior.

    El terremoto lo había encontrado en el sótano de la empresa buscando unos archivos para el jefe del periódico donde trabajaba. Era el único allí en el justo instante en que se desató el violento movimiento sísmico.

    Creyó que iba a morir y se refugió bajo una mesa --que obviamente fue destrozada en mil pedazos-- que según él pensó, le había salvado la vida "en cierta forma".

    Su cuerpo había quedado totalmente horizontal, su pierna izquierda estaba fracturada --ya había intentado moverla antes sin éxito--.

    Intentó arrastrarse, pero el dolor de su cuerpo, el obstáculo que generaba su pierna y los escollos a su alrededor apenas le habían permitido moverse unos dos o tres centímetros; aunque a decir verdad, no sabia en qué dirección.

    Hubiese preferido morir en el mismo instante del terremoto y no agónicamente como lo estaba haciendo ahora; el aire le iba faltando de a poco , razón por la cual intentaba dominar el pánico para evitar una respiración excesiva que consumiese lo poco que había; estaba casi en total oscuridad; dolorido; atemorizado; en fin..."habría sido mejor la muerte instantánea" reflexionó para sus adentros.

    No sabia cuanto tiempo había pasado pero intuía que al menos dos o tres horas habrían transcurrido.

    En un momento --justamente cuando su único pensamiento era intentar morir como fuese-- escuchó ecos de voces lejanas; su corazón se aceleró ante la posibilidad de que lo encontrasen con vida.

    --Debo tranquilizarme --pensó-- si no lo hago consumiré todo el oxígeno rápidamente, además necesito fuerzas para poder gritarles que estoy con vida.

    Sentía ruidos y golpes sobre él; le llegaban olores fuertemente impregnados de sangre ; juró y perjuró que jamás trabajaría en un lugar cerrado, viviría en carpa si fuese necesario, pero necesitaba ver el cielo una vez más, ver a su esposa y sus hijos otra vez...

    --Parece haber algo allá abajo !!! --sintió que gritaban desde fuera--

    Dios!!! lo habían detectado, no podía creerlo; ¿cómo les avisaría que estaba con vida? ¿se habrían dado cuenta ya?

    Agudizó el oído.

    --No creo que haya alguien con vida en esa parte, mejor busquemos en el otro extremo --fue la siguiente frase extraña que escuchó.

    Se iban!!! No, Dios mío, no.

    --Auxilio!!! estoy con vida!!!. --- gritó con todas sus fuerzas, casi sin aire.

    Escuchó que varias personas hablaban; luego de unos minutos y de intensos ruidos encima suyo; apareció muy a lo lejos, pero al fin, una especie de agujero que dejaba filtrar algo de tenue luz.

    --Estoy salvado --pensó.

    --¿ hay alguien allí ? --escuchó lo que él consideró la voz más hermosa del cosmos--

    --SI, SI --casi gritó sin fuerzas-- por favor sáquenme.

    Otra vez los rumores de voces; luego de unos momentos vio entrar una especie de diminuta manguera dentro del agujero que se había formado antes.

    --Escucha --le gritaron-- te pasaremos algo de aire mientras intentamos sacarte, pero no te excites demasiado porque no será fácil; introduciremos una especie de alambre y tu lo tomarás cuando llegue a ti, así sabremos a que distancia y en que ángulo de declive te encuentras ¿de acuerdo?

    --si, si , lo que digan --apenas gritó

    Vio entrar el cable y luego de unos minutos, éste se detuvo. Aún estaba muy lejos de él, no lo alcanzaba.

    --¿ puedes alcanzarlo? --gritó el hombre del exterior.

    --no, no puedo. Está muy lejos de mi.

    --bueno...--dijo frustrado-- ¿a cuánto consideras que te encuentras de alcanzarlo?

    Incorporó un poco mas su cabeza para verlo.

    --unos 6 o 7 metros.

    No escuchó nada. Al cabo de unos segundos volvieron a hablarle:

    ---¿tu cabeza o tus pies dan hacia el agujero?

    --mis piernas

    --pues bien amigo, tendrás que ir moviéndote hacia esta dirección como si fueses un gusano.

    No escucharon la respuesta del sujeto allí atrapado.

    --¿oíste? --gritaron nuevamente--

    --oí... --musitó apenas-- pero no puedo moverme, tengo una pierna quebrada y la otra está como paralizada por la posición torcida que tiene.

    Todas las voces callaron. Por unos minutos el aire , dentro y fuera de los escombros, se tornó pesado y asfixiante.

    --Será muy difícil amigo, pero intentaremos sacarte, te lo prometo...

    Fue lo último que escuchó. Sabia que si movían los escombros sobre él, estos se derrumbarían sepultándolo; tampoco podían atarlo con algo y arrastrarlo debido a los trozos de material en el camino; no podían hacer nada; sólo un milagro lo salvaría de la muerte.

    --¿Encontraste el final para tu cuento "escritorcito"?

    Daryl se dio vuelta asustado. Estaba tan metido en su narración sobre un hombre atrapado en un derrumbe, que no sintió a su compañero de periódico acercársele por detrás.

    --es difícil darle un fin a esta historia --respondió-- el hombre no tiene líquidos ni alimentos; la pierna está fracturada; le queda poco aire aunque le envíen algo por la manguera; y obviamente ni hablemos de las infecciones de sus heridas ni de su desangramiento.

    --haz que un ángel lo rescate --bromeó su compañero.

    Daryl se ofendió. Hacia tres semanas que intentaba darle un final a la historia sin resultado alguno que lo satisfaciese.

    Sabia que podía ser su "Premio al escritor del año"; lo cual le reportaría un mejor status para él y su familia, y un ascenso en su trabajo, además del reconocimiento de sus colegas.

    --debe ser real, no es un cuento para niños --respondió tajante volviendo a su computadora--

    Esa noche no pudo dormir imaginando ser el personaje atrapado, analizando todas las posibles soluciones, desvelándose en pos de un final lógico y coherente.

    Pero el tiempo inexorablemente se le agotaba; debía entregar el trabajo esa misma tarde y aún no había descubierto como concluir la historia.

    --Tendrás que dejar que muera --le dijo su esposa-- no existe otro fin para esa situación.

    Todos le decían lo mismo; no le convencía ese final, prefería que el hombre quedara inválido, impedido de alguna forma; pero deseaba, en realidad, que sobreviviese.

    Por más que intentase lograr su deseo; él habia creado las situaciones ideales para una muerte segura.

    Sentado en su escritorio; su compañero de trabajo le avisó.

    --vienen a buscar los trabajos en diez minutos, Daryl.

    Sintió que no quedaba otra salida. Comenzó a escribir frenéticamente en su computadora, el lógico desenlace de la historia.

    " ...y finalmente cerró sus ojos sabiendo que no necesitaría un ataúd; ya estaba en él desde ese cruel terremoto que lo había sepultado vivo, prolongando su agonía hasta finalmente morir "...

    Terminó su escrito con la palabra FIN.

    Intentó levantarse de su silla, pero un dolor muy fuerte se lo impidió. En ese instante descubrió con horror y espanto la realidad: él era el hombre enterrado vivo; su mente enferma, y en procura de una salvación había intentado evadirse imaginando estar aún en el diario en el que trabajaba de escritor. Había escrito su última historia.

    En ese instante cerró los ojos, pero esta vez para soñar eternamente.


FIN 

LILIANA VARELA

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Si tenés prosa para publicar ¡animate! mandala a CONTACTOS PROSA para su posible publicadión en OBRAS TUYAS del RINCÓN LITERARIO LA CASA DE LA INFANCIA

 

 

    En esa casa reinaba siempre una sutil amenaza, enlazada extrañamente a presagios de goces y dichas vedados. La casa constaba de dos pisos. El más alto comprendía un dormitorio, el cuarto de planchar, y una habitación que permanecía siempre cerrada: una atmósfera de potencia y terror se filtraba por la puerta. En el primer piso estaban nuestros dormitorios, y en la planta baja se tendían el vestíbulo, la sala, un escritorio y el comedor, que daba a un jardín mágico y selvático. Imperaba entonces un presente que era eterno; cambiaban sólo los matices vagos de los días, alargados en los pausados atardeceres de verano, en los ruidos que crecían para menguar poco a poco. El tiempo no era percibido con su carga de destrucción que torna efímeras todas las alegrías. Reinaba el mundo del juego, el incesante crear de situaciones y personajes, la derrota del espacio único y del tiempo preciso, para germinar desde el seno de los juegos creadores otros sitios y edades. Éramos dueños fugaces del instante.

    Los senderos, los árboles y la quietud del jardín me eran hospitalarios. A la tarde, inclinado sobre el follaje que circundaba los canteros, contemplaba el delgado hilo de agua correr entre la mínima selva de las plantas: un cielo detenido se deslizaba con el agua cristalina. Yo estaba inmóvil bajo la tarde que moría, imaginando viajes y aventuras, tan feliz como nunca más lo he sido. Otras veces observaba la lenta invasión de las sombras cubrir la pared de un corredor, con una lentitud tan plena que me llenaba de éxtasis: las islas de sombra eran tenuemente densas y sensuales, y a través de una ventana alta, abierta sobre la escalera, entraba un resplandor blanco, tan potente e inapresable que yo quedaba inmovilizado ante su interioridad de viento y espacio.

    A la tarde jugaba en la calle, densamente azul por el crepúsculo, iluminada por una bombita que a medida que avanzaban las sombras se volvía más amarilla y solitaria. La calle terminaba en una zona de quintas, misteriosa, plena de amenazas y a la vez seductora.

    Los recuerdos poco a poco se deshojaron en mi mente, se desvanecieron como la figura de un viajero en una noche invernal. Pausadamente cerré la puerta cancel de mi casa, y penetré al vestíbulo, donde la tarde que se iniciaba era más densa y llena de presagios. Me miré en un espejo, y la superficie reflejó la cara de un hombre ya maduro, ligeramente atento y desconsolado. Las imágenes se agolparon de nuevo en mí al observar el comienzo del pasillo, y desde el corredor siempre en penumbra el nacimiento de la escalera.

    Yo subía lentamente los escalones, abanicado por un leve miedo. La luz de la ventana abierta sobre la pared lateral de la escalera blanqueaba mi cuerpo mientras ascendía hacia la región superior, donde el poder se aliaba con una sensación de amenaza. El segundo tramo de la escalera me era más extraño y sutilmente incitante. Lo desconocido se presentaba ante mis ojos corporeizado en una figura transparente, en cuya interioridad se desplazaba una luz lenta y ajena, polvorienta y milenaria. Detenido en el primer piso y mirando la última parcela de la escalera, trataba de vencer el temor que me dominaba, hasta que sentía en la piel la tibieza de la madera del pasamanos. Lentamente subía los escalones. De pronto, la luz de la terraza iluminaba mis ojos. Del lavadero nacía un pasillo; el pasillo daba a la puerta clausurada, germinando tenues terrores. Yo permanecía frente a la superficie de madera, mítica y pavorosa. Mi mano, temblando, se dirigía hacia el picaporte; de improviso lo apresaba y trataba de abrir la puerta. Continuaba cerrada, filtrando siempre una sensación tal de poder que casi me aniquilaba.

    Mi cara retornó hacia el espejo que ahondaba el perchero, hacia las líneas crepusculares y el brillo cansino de los ojos, hacia un tiempo presente y efímero que contenía las cenizas del pasado. Descubrí la pesadez angustiosa del momento que me aprisionaba, pendiendo sobre mi corazón, del silencio que como una mortaja blanqueaba de fantasmas a la casa. En el espejo se reflejó la luz de la tarde, un resplandor que nacía del jardín, moroso y vegetal. Giré la cara y observé las puertas que se volcaban sobre la avenida circular, sombreada por un pino melancólico y potente, por los antiguos rosales cuyos pétalos la luz tornaba transparentes. 

    Me vi entonces, pequeño y luminoso, abriendo la puerta cancel, luego vencer la densidad de la  puerta de calle, riendo y atemorizado ante la diminuta figura de Estela: sus ojos negros repetían mis gestos.

    -¡Cómo estás!- rio con un susurro casi inaudible, también vegetal, mágico.

    La guié por el dédalo de la casa; del piso superior llegaban, apagados, los ruidos familiares. Pero abajo reinaba un silencio como creado entre los pliegues de una mano de terciopelo. Tomándola de la mano la orienté entre pasillos y cuartos, vigilados por lámparas como máscaras chispeantes, por el viejo tapiz que eternizaba a patéticas figuras derrotadas por la muerte. Abrimos la puerta que daba al jardín, al espacio cruzado por el viento entre las plantas, por el cabeceo de insectos y rumores de aguas secretas; como un soplo luminoso la libertad rodaba por los senderos. Nos detuvimos sobre el césped, bajo el pino, contemplando las lentas sombras que proyectaban las nubes y caminaban entre nosotros. Caía la tarde y otras sombras uniformes invadían el jardín. Apreté la mano de Estela: sus ojos se agrandaron tenuemente, y me vi en ellos, pequeño, rodeado por las nubes que giraban arriba, por el verde acuático de los vegetales, por la pálida pared dibujada por el tiempo. Cimbró el viento en las hojas. Estela se desprendió y corrió por el sendero, se escondió entre los cedros; yo silenciosamente la seguía, escuchando sus risas y el viento que navegaba entre ellas. En la esquina del jardín un árbol había formado una gruta con sus ramas inundadas por hojas que tintineaban apagadamente. Allí se refugió Estela, y entre la penumbra sus ojos me llamaban con un brillo más blanco y abierto. Me acerqué timidamente, penetré el misterio vegetal, temblando, por primera vez rocé con mi cara a esa otra cara que esperaba, con mis labios a algo cálido, infantil y maternal a la vez, que los hospedaron nerviosa, ardientemente. Un crujido inundó la gruta, pasó veloz la sombra de un pájaro, centelleó a lo lejos una estrella. Nos separamos torpemente y nos miramos por un instante. Después, reímos casi al unísono, y corrimos tomados de la mano, entre masas oscuras y fulgores lejanos, atravesando la fragancia del jazminero fantasmal, hacia las puertas cuyos vidrios reflejaban el ascenso de la luna, curva, atrozmente blanca y sin embargo halagüeña. La tarde concluía.

    Sobre la superficie del espejo finalizaba el crepúsculo. Pasé meditativamente mis dedos por el vidrio frío, dupliqué la negrura de mis ojos hasta que poco a poco se apartaron de su reflejo. Lentamente me encaminé hacia la escalera, prendí la luz guarecida en la tulipa en forma de lágrima, lentamente ascendí los peldaños, como antes.

    La pequeña figura que yo había sido llegaba al último piso, iluminada por la aérea luz de la terraza. El picaporte giró obsesivamente en el pequeño y cálido nido de la mano; luego recuerdo que retiré con pausa los dedos, mientras mis ojos buscaban un instrumento que me ayudara a abrir la puerta clausurada. Tropezaron con un destornillador, que también vigilaba desde el antepecho de un ventanal. Con inusual pericia lo introduje en la cerradura. La luz del atardecer agonizaba sobre mi cuerpo. La puerta se abrió unos centímetros con beatitud; la vencí con el peso de mi cuerpo. 

    Sonreí mientras el resplandor de la ventanita de la escalera caía sobre mi cuerpo de hombre, que subía los peldaños y recordaba.

    Me acordé que al ceder la puerta se abalanzó sobre mí la oscuridad del cuarto clausurado. Penetré temblando en la habitación. Baúles antiguos, de precintos de bronce, se alineaban a un lado; una lámpara colgaba del techo en forma de alargada y terrorífica mano de hierro. Un armario, agobiado por antiguos mensajes, tallada su madera en forma de soles, rombos, flores y rostros desolados, esperaban en el rincón del cuarto.

    Llegué por fin al último piso, enredado aún en los recuerdos, y me dirigí a la puerta del cuarto clausurado; mi mano vieja, surcada por venas alborotadas, la empujaron de nuevo, exactamente como en aquella otra ocasión que ahora memoraba. La puerta se abrió, y entonces me vi inclinado sobre el viejo armario, en tanto mis dedos infantiles recorrían los numerosos y burlones cajoncitos que lo seccionaban. Por un momento mi mano se apartó y oprimió el botón de la luz. La delgada mano de hierro germinó un resplandor débil y amarillo. Después, se posó sobre uno de los cajones. Lo tiró hacia afuera. Y allí dormían un reloj de muñeca, de esfera plateada que imitaba fantásticos racimos, una petaca translúcida y ambarina, lápices cubiertos de polvo, el viejo y seductor collar que perteneció a la abuela; y en el fondo las fotografías, clamando su inútil victoria. Representaban a un niño cubierto con un traje pasado de moda, un blusón pálido y holgado, y unas medias nocturnas, ornadas con botones de plata; también a una niña, sonriendo a una especie de fantasma, que se dilataba en un vestido de volados, de cuya blancura surgían puntos de oro. Supe, en esa infancia que ya no me protegía, que las fotos representaban a mis padres, también ellos en su lejana niñez. Supe que esa niñez paterna estaba muerta, que vivía sólo en las fotos amarillas, en una especie de país mítico atravesado por el desconsuelo. Grité de horror y pánico en el terrible cuarto, pues sabía que mi infancia estaba condenada, que todo era fugaz, que como mis padres yo crecería, que como ellos me acercaría a la muerte, para vivir después solo en algunas reliquias pueriles, también efímeras. Mis lágrimas fueron constantes y por primera vez definitivamente amargas.

    Entré de nuevo al cuarto, agobiado, ya hecho hombre, y tiré nuevamente del cajoncito y observé las fotos ajadas de mis padres. Otra, ahora, la de mi niñez, las acompañaba: sobre un caballo de madera, en el jardín selvático, contemplaba la agonía de algún olvidado crepúsculo. Dejé caer la cartulina vieja. No pude llorar en este preciso atardecer. Los incontables pasados que acumulaba mi memoria poco a poco se desvanecieron en las sombras del invierno que comenzaba. Abrí, entonces, mis brazos a ese niño que subía la escalera y había descubierto a la muerte. Me miró un instante con sus ojos aterrados, y se fundió en mi cuerpo en un abrazo cálido que recuperó todos los tiempos.

LUIS ALBERTO BALLESTER

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Si tenés prosa para publicar ¡animate! mandala a CONTACTOS PROSA para su posible publicadión en OBRAS TUYAS del RINCÓN LITERARIO UN PAR DE ZAPATOS

    Inocencio López Carón reunió lo suficiente para comprarse un buen par de zapatos. Con escasa media hora llegó hasta la gran tienda antes de la hora de cierre. El portero lo atendió con deferencia y le indicó con una sonrisa que Inocencio consideró inadecuada, quizá mitad fingida, quizá mitad servil: "al fondo, a la derecha, señor".

    Un empleado, no menos atento y fingido, le preguntó qué clase de zapato quería, si con suela de cuero o de goma. "De cuero", fue la respuesta del comprador, mientras miraba el reloj que pendía de una pared. "Entonces (indicó el empleado) si los quiere con suela de cuero, segundo piso, a la izquierda."

    Otro empleado, sin duda salido de la misma escuela, le preguntó si el zapato con suela de cuero lo quería negro o marrón. "Marrón", fue la respuesta de Inocencio. "En ese caso (indicó el empleado) zapatos con suela de cuero y color marrón, tercer piso, en el stand del centro."

    El comprador, algo afligido, subió las escaleras con rapidez, se encontró con el sector de juguetería y por poco se tienta a mirar el tendido de trencitos eléctricos que estaban haciendo las delicias de una media docena de chiquilines, pero siguió de largo, hasta encontrar el stand del centro del piso. Un tercer empleado, no tan solícito como los otros, luego de oír a Inocencio, le indicó: "si Usted quiere zapatos con suela de cuero, marrones ¿por casualidad, horma inglesa o prusiana?" "Inglesa", casi protesta el comprador. "¡Ah!, entonces vuelva al primer piso, a la izquierda."

    Con los minutos casi contados, por no esperar el ascensor, bajó corriendo los dos pisos y se dirigió presurosamente a la izquierda del primero, donde reclamó un par de zapatos con suela de cuero, marrones, horma inglesa. El empleado le oyó atentamente, y le inquirió: "¿los va a llevar con caja o en bolsita?". Casi con energía le respondió: "los quiero en caja, se conservan mejor y más ordenados". "Entonces, señor (indicó el cuarto empleado) véalo al portero en planta baja."

    Desasosegado corrió hacia la planta baja, encaró al portero y le contó sintéticamente su azaroso itinerario, y este, con suma gentileza, colocándole ambas manos sobre los hombros, dijo a Inocencio: "la verdad, señor, la verdad... esta casa no vende zapatos... pero la organización ¿qué le ha parecido?."

Nota: cualquier coincidencia con personas, entidades o países, es pura fatalidad.

José Ángel Gregorio

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Si tenés prosa para publicar ¡animate! mandala a CONTACTOS PROSA para su posible publicadión en OBRAS TUYAS del RINCÓN LITERARIO EN LA VIEJA CASA

    Hace 10 años; lo conocí al flaco Aníbal en la antigua casa de la calle Teodoro Villardebó. Mi padre se la estaba por vender. Recuerdo que venía todos los días a trabajar en la reforma y reparación del que sería su próximo hogar. ¡Con qué fervor y entusiasmo trabajaba, cuánta energía derrochaba!... Yo era entonces un niño de 10 años, y él, un muchacho fuerte; muy alto y macizo, dispuesto al matrimonio. Tendrían que ver el trajín suyo, para reparar ese caserón de 100 puertas, como llamaba yo a la casa de la infancia. ¡Claro!, se iba a casar; esa era mi mayor explicación, y creo que no había (ni existía) otra suposición más acertada. Recuerdo que estrenamos juntos el pequeño metegol de madera que mis queridos Reyes Magos me regalaron en su día, pedido especialmente. Lo recuerdo demasiado bien, porque fue la última vez que Baltazar, Gaspar y Melchor llegaron a mi puerta representados por el Primer Ministro de la casa; fuese por mis ya once años o porque me descavé ingenuamente con mi madre sobre la visita indirecta de ellos por la intervención representativa e intermedia de mi viejo.
    Otro lugar, otro espacio. Mi juventud y su joven madurez en un abigarrado colectivo.
   
Me observó cuando le pedí permiso para sentarme del lado de la ventanilla, con cierta incomodidad.
    -¿Usted se llama Aníbal, verdad?... (le pregunté sin demasiada diplomacia, con escasísimo tacto).
    -Sí. ¿Por qué? ¿De dónde me conocés?... (Dijo, muy seco).
    -Yo soy Tito, ¡El hijo de Roberto!... (exclamé con felicidad).
    -¿Quién es Roberto?... (preguntó sorprendido; me animo a decir, que hasta malhumorado).
    -¡Roberto... el que te vendió la casa de Teodoro Vilardebó en Villa del Parque!... (Respondí con simpatía histérica)
    -No conocí ningún Roberto de Villa del parque... además, la casa de Vilardebó, la hice nueva hace 9 años, en el único campo vacío que había en la zona, cerca del almacén del viejo Mortada, que se murió hace poco y...
    -¡Claro!... ¡El viejo Mortada!... (Exclamé yo, alborozado al identificar el lugar, y una persona conocida de mi infancia). Aníbal; vos jugaste al metegol conmigo (le dije), ¡cómo no te vas a acordar!...
    -Nunca jugué al metegol, pibe.. (Me dijo hoscamente).
Azorado, miré la calle desde la ventanilla del 83. Las esquinas, veredas, ventanas de las casas, escaparates y letreros de los comercios, los árboles cubiertos de hojas en enero.
    -Me bajo, pibe... ¡Lástima no seguir charlando!...
Mientras lo miraba descender por la puerta trasera, en ese mismo instante se detenía un triciclo al costado del colectivo, estacionando a un costado próximo a la vereda. El muchacho que llevaba el triciclo de reparto, tenía el mismo rostro de mi infancia, y en el cajón descubierto, llevaba un metegol, pero de plástico, con teclado. Mi perplejidad no tenía espacio en ese momento.
    Él, me miró desde abajo, y yo casi le rogaba una respuesta con mis asombrados ojos.
    -Pero Aníbal, yo... (murmuré).
    -Lástima no seguir charlando, pibe... igual ¡Nunca te conocí antes! (agregó).
    Y me quedé mirándolo, mientras el vehículo me llevaba.
   
Hoy comencé a revisar los apuntes de aquellos años, y descubrí que a los 10 años escribí el primer cuento.

Jorge Reboredo

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Si tenés prosa para publicar ¡animate! mandala a CONTACTOS PROSA para su posible publicadión en OBRAS TUYAS del RINCÓN LITERARIO VIDA DE PERRO

 

No tenía nombre porque nunca nadie lo había llamado. Y era lógico, porque jamás había tenido dueño. Recordaba, muy lejanamente, haber nacido junto a sus cuatro hermanitos en un terreno baldío un día frío y lluvioso. Pero no lo recordaba con tristeza porque conservaba la idea de haber sido feliz: nunca le había faltado ni el alimento ni el calor de su mamá; tampoco diversión, porque jugar con sus hermanos era toda una fiesta y hasta tenía memoria de que, siendo chiquito, simpático y peludo, muchas veces, chicos y grandes, se le habían acercado para hacerle caricias.

Pero el tiempo pasó y Perro creció. Y lo llamamos Perro porque ya se ha dicho que no tenía nombre así que, siendo simplemente un perro ¿de qué otra forma se lo podría llamar?.

Lo cierto es que cuando Perro y sus hermanos se hicieron grandes tuvieron que ocuparse de sus propias vidas. De verdad no sabía cuál había sido la suerte de sus hermanitos, si andaban sueltos y callejeando o si habían encontrado un hogar, pero lo que sí sabía era que mantenerse con vida resultaba algo bien difícil y duro. Había que ingeniárselas para conseguir día a día algo que comer, agua para beber, un lugarcito donde repararse para dormir, para cubrirse de la lluvia, para soportar el frío.

Había aprendido también que en la calle, en el mundo, no faltaban peligros. Debía cuidarse de los autos que pasaban a las carreras sin verlo o sin ganas de verlo y también de ciertas personas que saben usar palos y escobas para propinar unos buenos golpes. En fin, que cuando se vive en la calle, solo, sin dueño, sin familia, sin amigos, sin hogar, la vida es penosa y está llena de riesgos.

Por todo ello Perro no quería ser perro y por mucho que tratara de adecuarse no se resignaba a su suerte.

Un atardecer, después de mucho trotar y trotar en busca de cualquier mendrugo que calmara su hambre, se encontró con un río y, como estaba tremendamente hambriento, fatigado y muerto de sed, se acercó a beber. Ya estaba en la orilla cuando un viejo botero que pasaba rema que rema, le gritó:

- ¡Tenga mucho cuidado, Perro, que este es un río mágico!

Perro hubiera querido preguntarle por qué o en qué consistía la magia, pero el botero ya estaba lejos y, además, sabía que él solamente podía hablar en perro, un idioma que es ignorado por la mayoría de las personas.

Se acercó un poco más al agua y pudo verse reflejado. Flaco, sucio, lleno de lastimaduras y cicatrices, el pelo opaco y duro, los ojos lagañosos. los lamparones de sarna. Sí, la verdad es que sintió lástima de sí mismo pues no era lindo ser Perro y no quería, definitivamente, ser perro.

Aproximó el hocico al agua clara y, mientras bebía, pensó: "¡Cómo quisiera ser pájaro!". Y en menos que canta un gallo, Perro estuvo convertido en pájaro. Aquello era maravilloso: podía volar y ver el mundo desde lo alto, no tenía que esquivar autos ni escapar de los palos, encontraba fácilmente miguitas, semillas, lombrices y hasta pudo darse el gusto de hacerse un nido en un árbol.

Pero un día, de puro curioso, se posó en la ventana abierta de una casa sólo por enterarse de cómo era la vida allí adentro. En esa esplénida mañana de sol, los padres y sus hijos desayunaban alegremente y el espectáculo lo dejó tan arrobado que no advirtió que el gato de la casa, bien sigiloso, se le venía acercando y apenas si pudo reaccionar cuando el zarpazo ya le había lastimado profundamente un ala.

Dolorido y sangrando regresó a su nido e intentó recuperarse, pero al día siguiente se sentía peor y al otro, peor todavía. Entonces presintió que moriría y recordó al río mágico. Con las últimas fuerzas que le quedaban voló hasta allí y, con el pico en el agua, reclamó:

- ¡Río, río, quisiera ser gato!

Y al instante se convirtió en gato, un gato grande, fuerte y saludable. "¡Esto es magnífico!", pensó lleno de alegría al verse reflejado. Y así comenzó su vida de gato que, aunque no resultaba tan sencilla a la hora de encontrar algo para comer, tampoco estaba tan mal, porque los gatos se llenan con poca cosa y hasta hay señoras que se dedican a llevarles comida a donde ellos se reúnen porque, como se sabe, los gatos suelen vivir juntos y no como los perros, cada cual por su camino.

Feliz estaba de tener alimento aunque fuera un día sí y otro no, de estar acompañado de amigos y de encontrar con más facilidad un lugar en el que ampararse del frío y de la lluvia. Así, la vida parecía ser un poco mejor que siendo perro. Pero una tardecita, mientras aprovechaba echado sobre el pasto los últimos rayitos de sol, de la nada se le vino encima un perrazo que, aunque andaba con su dueño, no llevaba correa. Apenas si tuvo tiempo de reaccionar y echar a correr como un loco buscando un árbol al que treparse mientras el amo se desgañitaba ordenándole al perro que volviera a su lado sin ningún resultado pues el mastín no paró de lanzar tarascones aquí y allá dejando a la vista sus temibles colmillos.

Con suerte y algunas magulladuras logró subirse a una rama, pero el corazón se le salía del pecho del susto que tenía. No, de ninguna manera, ya no bajaría del árbol, pero ¿cómo haría para comer? ¿Era posible llevar toda una vida arriba de un árbol? No. Aquello era ridículo e imposible y ganas de pasar por el mismo trance, ¡ni pensarlo! Definitivamente, no quería seguir siendo gato. Así que volvió al río cuando la noche ya era totalmente noche y, antes de hacer ningún pedido, decidió quedarse allí meditando sobre qué era lo que quería ser de manera definitiva.

"¿Vaca? ¡Ni soñarlo, que las vacas terminan sobre la mesa de las personas! ¿Gallina, tal vez? ¡Qué tontería! De no ser buena ponedora terminaría en puchero. ¿Quizás lombriz? ¡Vaya pavada! ¿Acaso tenía ganas de terminar ensartado en un anzuelo? ¿Un pez? ¡Pero si no hacía ni un segundo que se había acordado de los anzuelos!"

Pensó y pensó y siguió pensando y a todo le encontraba serios inconvenientes, al menos dentro de la lista de animalitos que él podía conocer. Y finalmente, se le iluminó la cabeza. Sí, quería ser perro pero no llamarse Perro, ser perro pero tener un dueño, tener un nombre, tener un compañero, recibir y dar cariño y protección, cuidar a un amo, custodiar una casa, jugar con los chicos. Sí, era éso lo que realmente quería: ser un perro con dueño. Entonces, solamente entonces, se acercó bien al río y, musitando, le confesó:

- ¡Quisiera ser un perro con dueño, si es posible!

E inmediatamente volvió a ser perro, pero Perro, flaco, sucio, lastimado, lagañoso y comido por la sarna. Volvió a mirarse en las aguas y se sintió triste, muy triste, porque esta vez el río no había cumplido su pedido. Entonces Perro pensó:

- Cierto, es mágico, pero no tan mágico.

Y así, cabizbajo, con enorme cansancio y más enorme pena, caminó hasta un árbol, se hizo un ovillo como pudo y se quedó dormido.

Recién lucía el sol en el cielo cuando Perro sintió una mano que le acariciaba la cabeza con ternura. Abrió sus ojos enturbiados y ni se animó a moverse por temor a asustar al hombre que, en cuclillas, continuaba mimándolo.

- ¡Pobre perro! ¡Qué sucio, flaco y lastimado está!

Perro no comprende cómo, pero ahora se llama Flux, engordó como seis kilos, su pelo se ve brillante y pulcro, no hay rastros de heridas, sus ojos ven claramente, tiene una cucha apoltronada y calentita y los ojos de un amo que lo miran con dulzura.

De pronto, un día, se acordó del río. Y no, no podía ser tan desagradecido. Debía responder con gratitud a una magia tan grande y así lo hizo. Muy a escondidas y mientras su amo dormía la siesta, Flux se llegó hasta la orilla y, en su lenguaje de perro, que comprobadamente el río entendía muy bien, le dijo casi en secreto:

- ¡Gracias río! ¡Mil millones de gracias por tu magia! ¡Jamás voy a olvidarte y, aunque no tenga ya nada que pedir, vendré a visitarte todas las veces que pueda!

Y por primera vez el río, con un rumor, que es su manera de hablar, le respondió:

- ¡De nada, amigo! Yo te agradezco mucho el que seas reconocido, pero debo confesarte algo: el que hayas vuelto a ser Perro se lo debes a mi magia, pero el que ahora seas Flux es pura responsabilidad de ese otro mago que se llama Amor.

 

*Flux en alemán quiere decir "río"

 

Silvia Longohni

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